El bosque de las mil piernas

El bosque de las mil piernas

Esta es una traducción original de la historia de terror «The Forest of a Thousand Legs» publicada en el subforo de Reddit r/nosleep por el usuario llamado «Lovezinski».

«La niña Lucy corrió de las manos de su papá, se fue hacia el bosque de las mil piernas y no volvió jamás»

Esa era una canción que mis compañeros de clases solían cantar en la hora del recreo en la escuela primaria. Es realmente una pena que ellos cantaran eso, especialmente porque Lucy Lockhart fue una persona real con la que solíamos ir a clases. Ella desapareció cuando estábamos en segundo grado, así que debíamos tener alrededor de unos 7 años. La rima estaba vagamente inspirada en la realidad, ya que de hecho, Lucy Lockhart desapareció en el bosque Lockhart que se encontraba a 50 yardas de la casa de su papá Robert, pero lo cierto es que este no la maltrataba y no era esa mala persona que la canción quería retratar. Yo era demasiado joven para entender qué había pasado, y no fue hasta mucho después que mi mamá me explicó la situación. No era una historia tan sorprendente… Pero, era muy triste.

Recuerdo el día en que Lucy desapareció, al menos el primer día en que ella no fue a clases. Era un lunes; ella estaba perdida desde el viernes. Mi mamá me dijo que faltaba poco para el cumpleaños número 7 de Lucy y que ella le había preguntado a su papá si podría tener una fiesta de cumpleaños en su casa.

Recuerdo que Lucy y yo estábamos en el mismo grupo de amigos y me acuerdo cuando ella nos dijo que le iba a pedir a su papá que la dejara tener una pijamada para el día de su cumpleaños. Ese día estaba especialmente molesto con ella de que quisiera una pijamada porque yo era el único niño del grupo y obviamente nunca me dejarían dormir junto a las niñas.

Igualmente estaba emocionado por la idea de ir a una fiesta, así como todos los estaban porque sabíamos que su papá Robert Lockhart Junior era un entomólogo jubilado (lo llamábamos el hombre bicho) y él tenía muchos especímenes conservados como mariposas y escarabajos en vidrieras que Lucy de vez en cuando nos mostraba para contarnos historias sobre los insectos.

En fin, de acuerdo a lo que me dijo mi madre, Lucy le preguntó a su papá si podía tener una pijamada para su cumpleaños y él dijo que no porque ella iba a pasar su cumpleaños en la casa de su madre mientras que la casa de él la fumigaban. Para una niña de 6 años era razón más que suficiente para llorar y salir corriendo de su hogar. El problema está en que irse corriendo al bosque Lockhart era una mala idea para cualquier persona de cualquier edad sin el equipamiento necesario.

Ahora, esta es la cosa con el bosque Lockhart: muchas personas lo llaman el Bosque de las Miel Piernas, para hacerlo sonar más aterrador de lo que realmente es, pero esto no es necesario. En américa hay más de 4.000 especies de arañas, y lo que hace tan especial a este bosque es que en él habitan todas y cada una de estas especies. No solo es eso, también hay información documentada de poblaciones de arañas que se creyeron pertenecientes exclusivamente a ciertos países. Un ejemplo de esto es la araña Goliath, ciertas arañas tejedoras y otras especies de arañas pavorreales.

A estas alturas supongo que no es necesario que te haga saber que si eres aracnofóbico, esta historia no es para ti.

El bosque en sí representa un foco de gran interés para los biólogos y aracnólogos pero, el bosque Lockhart es una propiedad privada y el acceso al guiado al mismo raramente ocurría incluso antes de la desaparición de Lucy. Después de eso, nadie podía entrar ahí. Aunque, obviamente cualquiera podía entrar al bosque si así lo quisiera, este no está cercado ni protegido por vallas, pero hay una fuerte multa si te atrapan entrando sin permiso, y de todos modos nadie está precisamente deseoso por adentrarse en un bosque lleno de arañas venenosas.

Necesitas las botas correctas, la ropa, guantes, kit de primeros auxilios y el conocimiento adecuado para adentrarte en el bosque. Las arañas más comunes de los límites del bosque son arañas saltadoras, algunas arañas errantes y tejedoras. La mayoría de las personas que salen del bosque tienen un gran número de arañas del plátano guindando de su cabello y chaquetas, irritadas por la destrucción de sus redes. Conforme de adentras en el bosque las arañas se vuelven más grandes, y estas caminan por el suelo.

Según mi madre, Robert Lockhart Jr. vivió con su papá en esa casa por un largo tiempo. Eran el dúo padre e hijo de entomólogos de Alabama, pero Robert Lockhart Jr. Tenía una afición especial por las arañas. Robert Jr. compró la casa y el bosque especialmente por su población de arañas, cosa que hizo ambas cosas asequibles, y además, él trabajaba desde casa.

Robert Jr. hizo mucho trabajos en universidades de tres ciudades distintas. Se casó con una profesora que enseñaba teoría evolucionista, y los tres vivieron en la casa del abuelo de Robert Jr. hasta que inesperadamente su abuelo murió mientras estudiaba tarántulas halcón.

Lucy Lockhart nació un año después, y Robert Jr. fue capaz de retirarse de la educación y seguir trabajando en su casa mientras que la mamá de Lucy continuó enseñando en la universidad. Él todavía trabajaba atrapando y preservando especímenes, siendo la mayoría de ellos mariposas y polillas, y publicó varios artículos en el mundo de la entomología y muy muy muy de vez en cuando hacía tours guiados por el bosque Lockhart por un módico precio.

Mi madre solamente conoció a Robert Jr. una vez que Lucy y yo nos volvimos amigos. Ella dijo que él no hablaba mucho sobre el bosque. Ella tuvo el presentimiento de que le tenía miedo.

Cuando él y su esposa se divorciaron, mi mamá sospechó que la culpa principal la tuvo el bosque Lockhart.

Ella en realidad no quería saber mucho al respecto; después de todo, ella y Robert Jr. pasaban tiempo juntos gracias a que Lucy y yo también pasábamos tiempo juntos (sin embargo recuerdo que yo quería que ellos se casaran para que Lucy y yo fuéramos hermanos). Robert jr. odiaba el bosque del que era dueño y se aseguraba de que cualquiera que pusiera un pie en el bosque siempre estuviera vestido y preparado para la situación.

En parte, esa es la razón por la que mi madre nunca creyó que él fuera capaz de asesinar a su propia hija cuando este era el principal sospechoso de la investigación. Cuando Lucy corrió adentrándose en el bosque, esa parte, mi mamá dijo que Robert Jr. la persiguió sin vacilar, vestido con medias, shorts, y una camiseta. Seguramente recibió más de una docena de mordidas en el mismo instante en que él se adentró en el bosque.

Él estuvo ahí por casi 4 horas. Mi mamá estaba trabajando en el turno nocturno en el hospital cuando él fue llevado, delirando e hinchado por todas partes. Era imposible saber cuántas mordidas había recibido, y al sol de hoy mi mamá no sabe cómo sobrevivió.

Necesitaba cantidades de antídotos que ningún hospital de Estados Unidos era capaz de proporcionar, y cuando se arrastró a duras penas después de salir del bosque, él apenas pudo administrarse una pequeña dosis.

Quizá haya sido la suerte, o alguna resistencia desarrollada a los venenos de las arañas lo que lo salvó. Él perdió ambas piernas por debajo de las rodillas, pero sobrevivió.

Según lo que mi mamá pudo investigar las semanas siguientes desde la desaparición de Lucy, las expediciones eran caóticas. Los equipos de rescate entraban al bosque, pero nunca se adentraban demasiado en él. Dos oficiales murieron cuando fueron picados por arañas tejedoras australianas el primer día del rescate. Después de todo, esas arañas «solo se encuentran» en Australia. Así que el hospital no contaba con el antídoto necesario para tratar las picaduras.

De todas maneras la búsqueda por el bosque solo duró quizá una semana antes de que se diversificara por otras áreas. Mi mamá dijo que ellos no podrían, o quizá NO QUERÍAN buscar en el bosque entero. Más de un oficial que se adentró en el bosque dejó el equipo y abandonó el pueblo. Aquellos que no dejaron el cuerpo de búsqueda también se fueron del pueblo. Y los que se quedaron, se alejan en la medida de lo posible del bosque. Mi mamá no quiere saber qué fue lo que vieron ahí.

Lucy nunca volvió. No pasó mucho tiempo antes de que el padre se volviera el principal sospechoso incluso antes de que estuviera internado en el hospital. Mi mamá dijo que hubo un punto donde este estaba esposado a la cama del hospital, incluso con ambas piernas amputadas.

Por un momento ella no pudo decir si él estaba totalmente lúcido porque pasaba horas y horas sollozando y diciendo: » Ese bosque la mató. Esas arañas mataron ami niñita».

Pero, no había ningún tipo de evidencia de asesinato o secuestro. Mi mamá y los padres de los amigos de Lucy participaron en el juicio como testigos, y todos insistieron de que no tenían razones para creer que Robert Jr. fuera algún abusivo o fuera a lastimar a su hija.

Nunca supe nada de esto en su momento, mi mamá nunca quiso darme detalles de la desaparición de Lucy, pero, obviamente otros niños iban a la escuela con escasa información de lo sucedido, de ahí se origina la morbosa rima del principio. Me molestaba mucho cuando escuchaba esa rima durante el recreo. Era joven y extrañaba mucho a Lucy.

Han pasado 11 años desde que Lucy desapareció. Ya no me molesta más, pero es un triste recuerdo que se me viene a la mente de vez en cuando. El grupo de amigos que Lucy y yo compartíamos se mantuvo cerca hasta el bachillerato y luego se dispersó un poco. No creo que ninguno de nosotros haya olvidado a Lucy.

Recientemente me gradué de bachiller, y el grupo original se reunió en un café para celebrar el hecho de que porfín nos graduamos.

Hubo un punto donde aparté mi omelet a un lado del plato y me quedé pensando: «Han pasado muchos años, pero hubiese deseado… Bueno, ya saben, que Lucy se hubiera graduado con nosotros».

Mi amiga Stella se acercó a mí y puso una mano sobre mi hombro y me dedicó una sonrisa. «Yo también deseo lo mismo, pero, seguramente ella estaría orgullosa de nosotros por hacerlo».

La conversación se fue por la tangente, pero ese recuerdo de Lucy se quedó en mi mente incluso mucho después de esa reunión. No fue hasta el día antes de irme a mi primer año de universidad que le dije a mi madre que quería pasar por la casa de los Lockhart para despedirme de Lucy, si el señor Robert me dejaba.

«Bueno», se encogió de hombros durante el desayuno, «supongo que no puede hacerte daño. Nunca se supera la pérdida de un hijo, pero teniendo en cuenta todo, parece estar… bien. Puede que te haga caso».

Así que después esa misma tarde conduje a través del pueblo hacía ese oscuro y tenebroso bosque que se extendía en el horizonte. Hacía más de una década que no iba a la casa Lockhart, pero apenas la vi, me entró un poco de felicidad. Ya no me entristecía el recuerdo de la desaparición, ahora me alegraba el poco tiempo que nos conocidos de niños, y tenía muchos recuerdos de esa casa.

Conforme me acercaba al aparcamiento de la casa, pude notar que había una cortina entreabierta. Así deduje que había alguien en la casa. Probablemente no me hubiese dejado entrar, pero no perdí nada con intentarlo.

Me acerqué al porche de la casa y me encontré con un adorno de madera de una polilla encima de la puerta. No presentaba signos de deterioro o daños por el clima, y la pintura verde manzana parecía recién colocada.

No sabía qué esperar del señor Robert. Quizá él hubiese estado muy perdido tras la pérdida de Lucy que es posible que no se hubiera dedicado a decorar nada, pero había pasado más de diez años y me dí cuenta que es posible recuperarse de una pérdida.

Toqué la puerta y él respondió un momento después, mientras que veía curiosiamente por la ventana hacia el interior de la casa.

«¡Hola señor Lochart!». Dije con un pequeño flaqueo, me vi estúpido, pero fue porque realmente no tenía planeado cómo iba a hablar con él. «Hola, soy Aaron. Usted conoce a mi mamá del hospital»

La puerta se abrió un poco más, y pude reconocer la expresión relajada en su rostro.

«El hijo de jane, sí. Tú eras uno de los mejores amigos de Lucy, ¿No? Ven pasa adelante. Limpia tus zapatos»

«Me sorprende que recuerde el hecho de ser amigos». Admití entrando a la casa y limpiando mis zapatos del barro con la alfombra. El decorado de la misma era el de una Mariposa Monarca.

«Me acuerdo de todos ustedes». Dijo el señor Robert. Con un movimiento de su mano me indicó el camino a la casa. Sus prótesis hacían ruido en la madera con cada paso. «Eran Lucy, tú, Stella. Otras dos niñas; una llamadas Hannah ¿No?. Además, tú eras el que siempre lloraba porque no se podía quedar para las pijamadas».

«Sí señor, ese era yo». Reconocí avergonzado.

«Hijo, ¿Eres gay?». Era una pregunta un poco demasiado directa que realizó mientras entraba a su casa. No había ningún tono que indicara acusación ni tampoco sentí que me juzgara, así que dije que sí.

Solamente gruñó. «Sabía que podría dejarte dormir con las niñas. De esta forma te hubiera ahorrado bastante llantos y pataletas».

Me llevó a diferentes estancias en donde habían insectos disecados en cuadros antes de llegar a la sala. Era una habitación enorme, llena estanterías con libros y mesas de trabajos con papeles desordenados en ellas.

Docenas de terrarios de varios tamaños adornaban el cuarto y delineaban las paredes como si fueran trofeos. Una lámpara gigante ubicada en el techo iluminaba la habitación. En la mesa había instrumentos y parecía que estaba disecando un gran escarabajo justo antes de que tocara la puerta. Era bueno ver que su pasión por los insectos no había disminuido después de la pérdida de su hija.

«Así que, ¿Qué te trae por estos lares muchacho?». Preguntó él, yendo hacia el refrigerador.

«Bueno… Nos acabamos de graduar en mayo y me voy mañana a la universidad». Le expliqué. «Y me gustaría… O sea, pienso mucho en Lucy… Así que me preguntaba si usted conservaba algunas de sus pertenencias y así podría ya sabe…. Recordarla y despedirme de ella»

El señor Robert regresó de la cocina y trajo dos cervezas. «No muchas cosas que una niña pequeña pudiera tener. Pero tengo unas sábanas de Hello Kitty y unas muñecas bebés».

«Vaya… Las sábanas de Hello Kitty». No pude evitar que me atacara la nostalgia. «Ese era nuestro gusto en común. Nos gustaba mucho Hello Kitty».

«¿Quieres que te la regale o algo así?», dijo mientras luchaba un poco por destapar la cerveza, y al final me pasó la botella. «Solamente te estoy jodiendo. Su cuarto está por acá».

Me guió por todo el pasillo. Un pasillo que se me hacía familiar en el cual Lucy y yo solíamos correr sin ningún tipo de preocupación hace una década atrás. También reconocí algunos insectos enmarcados. Fuimos al cuarto de Lucy, que estaba al final del pasillo, y este no había cambiado en nada a como lo recordaba.

Las paredes seguían siendo rosadas, y estaban decoradas con colores pasteles y diseños realizados por la abuela de Lucy. La cama con sábanas de Hello Kitty estaba llena de polvo y decoloradas por los años de desuso.

Las estanterías del cuarto tenían muchos animales de peluche, con una cantidad grande de peluches de Hello Kitty que estaban abarrotando el espacio.

Sorprendentemente un gran terrario que estaba apoyado en la pared contenía una gran araña negra inmóvil en el terrario bajo una luz negra.

Reconocí la araña. «No puede ser…. Esa no puede ser…»

El señor Robert encendió las luces y gracias al resplandor la enorme araña negra se apresuró a esconderse en un hoyo en el terratorio. «Esa es ella».

La señorita piernas era una especie de araña cazadora que el señor Robert había descubierto en el bosque Lockhart y que cuidó por más de diez años ANTES de que Lucy hubiera nacido. Habían muchos especímenes vivos que el señor Robert había cuidado con el paso del tiempo.

Pero la señorita piernas era el único animal que más se asemejaba a una mascota. El señor Robert había dicho que las tarántulas podían vivir hasta 25 años, pero la señorita piernas no era una tarántula, y si esta era la misma araña de aquel entonces, ¡esta tendría más de 30 años!

«¿Acaso las arañas cazadoras viven tanto tiempo?» Pregunté de forma inocente, viendo el terrario con una fascinación que nunca tuve en años.

El señor Robert se paró en el marco de la puerta con sus brazos cruzados y con una expresión de disgusto incrementado sus rasgos preocupados. «Ninguna que conozcamos, ninguna araña es capaz de vivir tanto como ella».

«Ella es incluso más grande de lo que recuerdo». Dije para mí mismo. Mi aliento empañaba el vidrio mientras me acercaba e intentaba echarle un vistazo a la araña escondida, pero no podía verla.

«Según lo que sé, su tamaño dependerá del sitio donde se encuentre». Dijo el señor Robert. «Ella no debería crecer más siempre y cuando se encuentre en ese acuario.»

Pude ver a la señorita piernas moviéndose dentro de su escondite. Entonces, pude ver el bosque a través de la ventana del cuarto de Lucy. Este apuntaba directamente al frondoso bosque Lockhart. Me quedé viendo la ventana. «Señorita piernas vino del bosque,¿No? ¿Qué tan grandes son las arañas ahí»?

El señor Robert no respondió. Lo miré. Se estaba tomando de un solo trago su cerveza. Lo terminó todo de un trago y luego dijo «Increíblemente grandes. De todas formas, tómate tu tiempo, haz lo que quieras, mira lo que quieras. Estaré en la sala».

«Ok, gracias». Dije apenas se fue de la habitación. Me acordé de la cerveza que tenía en mi mano y le comenté: «Oiga, hmmm no tengo 21.»

«Nadie se va a dar cuenta de eso». Salió mientras me alentaba a tomarme la cerveza.

No sé cuánto tiempo pasé allí, deambulando con nostalgia. Tal vez una hora. Cogí un peluche de araña de la estantería y lo sostuve mientras miraba a mi alrededor. Me quedé mirando las fotos enmarcadas que había encima de la cómoda. La mayoría eran de Lucy y sus padres, algunas de Lucy desde que era pequeña hasta los siete años sosteniendo la gigantesca señorita piernas en sus manos comparativamente pequeñas.

Yo también aparecía en un par de fotos, fotos de grupo de nosotros y de otras amigos en fiestas de cumpleaños, con nuestras caritas desordenadas untadas de tarta. Encontré una vieja carpeta de la escuela primaria de la clase de primer grado que Lucy y yo tuvimos juntos, en la que la primera actividad de cada día era hacer una entrada en nuestros diarios siguiendo una simple indicación dada por la maestra y luego hacer un dibujo para acompañarla.

Naturalmente, muchas de las anotaciones de Lucy trataban sobre Hello Kitty, citas para jugar conmigo y nuestros amigos, y bichos. Algunas de ellas me hicieron reír, como su escandalosa ortografía de la palabra «centauro» en varias entradas sobre ella misma y señorita piernas como arañas centauros. Después de un rato, me quedé en la ventana de Lucy, mirando el bosque de Lockhart mientras me terminaba la cerveza.

Soy un peso ligero cuando se trata de alcohol, así que estaba bastante mareado. El Bosque de las Mil Piernas nunca había tenido un aspecto tan inquietante. El ángulo del sol de la tarde no penetraba en el oscuro bosque, pero brillaba en las innumerables telas de araña suspendidas a lo largo de la línea de árboles, enfatizando lo oscuro que era el bosque más allá. Era extrañamente atrayente, de una manera depredadora, como el señuelo de un pez pescador, cómo se había tragado a Lucy.

Un movimiento fuera de la ventana me llamó la atención. Miré y vi al señor Robert de pie bajo la marquesina frente al bosque, bebiendo otra cerveza, con una mochila colgada del hombro. Llevaba una ropa diferente a la camisa de franela y los pantalones cortos que llevaba cuando me dejó entrar.

Llevaba una chaqueta pesada y un sombrero, con un conjunto diferente de prótesis que tenía zapatos. Parecía estar vestido para ir al bosque. Salí de la habitación de Lucy, crucé hasta el otro extremo de la casa y atravesé la puerta mosquitera de la cocina. El señor Robert no respondió al ruido de madera de la puerta al cerrarse.

«Vas a entrar». No era una pregunta; estaba incrédulo.

«No he estado ahí desde que perdí a Lucy», dijo el señor Robert pensativo. «Creo que es hora de volver a entrar por última vez antes de incendiarlo».

El sol se ocultaba tras el bosque de Lockhart, pero aún no se había puesto, arrojando sombras sobre la casa y sobre nosotros, y antes de que pudiera detenerme pregunté: «¿Puedo ir contigo?».

Hasta el día de hoy no estoy seguro de por qué quería ir con él. Quizá por la sensación de aventura, de peligro que atrae a los jóvenes de 18 años, que creen que pueden sobrevivir a todo. Quizá tenía la estúpida idea de que encontraríamos a Lucy allí, viva o muerta. Tal vez no quería que un chico que había perdido a su hija la última vez que estuvo en ese bosque entrara por primera vez desde entonces solo.

«Es peligroso ahí dentro», dijo el señor Robert. No era un no.

«Voy contigo», dije, mudo y optimista. Pero en mi defensa, me dejó ir con él. Ninguno de los dos lo mencionó, pero sé que él tampoco quería ir solo al bosque.

Todo lo que dijo fue: «Tendrás que ir bien vestido», y lo siguiente que supe fue que me estaba colocando un sombrero en la cabeza, poniéndome ropa protectora de una talla más grande y metiéndome las manos y los pies en guantes y botas de una talla más pequeña.

«No es un ajuste perfecto, pero sí lo suficiente», dijo, metiendo mis pantalones holgados dentro de las botas. Había subido la cremallera de la chaqueta casi hasta el final, pero él la subió hasta la barbilla. «Era mi equipo cuando era un poco mayor que tú, cuando mi padre compró este lugar».

Me ató una linterna a la gorra, hizo lo mismo con él y se encogió de hombros con una mochila que había llenado con un botiquín de primeros auxilios y una bolsa fría para el antídoto. Le observé, fascinado, mientras bebía otra cerveza. Era difícil creer que no se hubiera aventurado en el bosque en más de diez años; la rapidez y la seguridad con la que lo preparaba todo eran las de alguien que exploraba el bosque de Lockhart a diario.

Me dio una serie de reglas estrictas y razonables, básicamente diciéndome que no me apartara de su lado y que no me revolviera si me metía en una telaraña, y que tuviera siempre cuidado con mis pasos aunque llevara botas. Podía cambiar de opinión en cualquier momento en el bosque, así que si quería irme, él me guiaría fuera del bosque.

Envié un mensaje de texto rápido a mi mamá diciéndole que el señor Robert me había invitado a quedarme a cenar, y luego guardé mi teléfono en un bolsillo del pecho. El crepúsculo se estaba desvaneciendo, el cielo púrpura pronto se convertiría en un azul tinta, y nos pusimos en marcha.

El sendero que conducía al bosque era áspero y estaba cubierto de maleza debido a los años de ausencia de tráfico peatonal, pero no estaba completamente oculto. Lo primero que hice al entrar en el bosque fue chocar con una telaraña que el señor Robert había evitado sutilmente. Empecé a agitarme instintivamente, pero el señor Robert me atrapó con un brazo sobre el pecho, diciendo: «No te agites, te lo dije». Después de asegurarme que la telaraña no pertenecía a nada venenoso, me quité con cuidado la telaraña de la cara y el pelo, y le seguí hacia el interior del bosque.

Estaba más oscuro de lo que esperaba bajo los árboles. Había algunos puntos de muerte visible en los árboles, sofocados y privados de luz solar bajo gruesas capas de telaraña que los envolvían, pero la mayor parte del bosque parecía saludable, manteniendo las poblaciones de arañas de forma simbiótica. El señor Robert y yo encendimos rápidamente nuestras linternas frontales cuando la escasa luz de la luna no iluminó lo suficiente nuestro camino.

Miré al suelo, proyectando un amplio círculo de luz a mis pies, e inmediatamente me quedé congelado en el sitio, con la piel erizándose horriblemente. Arañas del tamaño de medio dólar se alejaban de mis botas en tropel. No era un enjambre, pero sí lo suficiente como para ser incontables.

«Está bien, hijo. Esas no te van a hacer daño». El señor Robert no había mirado hacia atrás, pero debió oírme congelar detrás de él. «¿Quieres que te lleve de vuelta?»

El orgullo se hinchó más que el miedo en mi pecho, así que dije: «No, estoy bien». Una de las arañas se arrastró lentamente sobre mi bota, con sus largas patas tanteando con curiosidad mis cordones. Aparté los ojos del suelo, me sacudí la araña con violencia y seguí adelante.

Nunca he sido especialmente aracnofóbico, pero era imposible no sentir picor por todo el cuerpo, imaginando cientos y cientos de arañas invisibles que se colaban en mi ropa protectora, deslizándose por el cuello de mi camisa y bordeando mi cuero cabelludo hasta llegar a mi pelo. Sin embargo, las arañas diminutas dejaron de ser una presencia cuando llegamos a una bifurcación del camino y el señor Robert se agachó de repente, me agarró de la manga y me arrastró hacia abajo con él.

«Mira esto», susurró, con su linterna frontal fijada en una araña a menos de medio metro de nosotros. «Esta es una de las más desagradables».

Una araña del tamaño de mi mano se alzaba extrañamente ante nosotros con dos conjuntos de patas gruesas y peludas lanzadas al aire; podría haber parecido una tontería si no fuera por las vívidas y violentamente rojas mandíbulas que se exhibían pulsando furiosamente en nuestra dirección. Peor aún, la araña seguía moviéndose, balanceándose suavemente con sus rosados quelíceros palpitando casi obscenamente, acercándose infinitamente con sus movimientos de lado a lado.

Con los ojos muy abiertos, susurré: «¿Qué es?».

Enfurecida por el sonido de mi voz, la araña se acercó más. Esta vez pude ver sus colmillos sobresaliendo ojos, temblando de rabia y brillando de humedad.

«Araña errante brasileña», dijo el señor Robert en voz baja. «Parece P. fera, pero puede ser difícil de decir sin una mirada más cercana. Sólo vive en Sudamérica, excepto en este lugar. Sabes…» abrió dos bolsillos y sacó un par de guantes más grandes para ponerlos sobre los que ya llevaba puestos, «puede que sean las más mortíferos del mundo».

Instintivamente me encogí hacia atrás, pero luego me agarré a la manga de la chaqueta de el señor Robert con los ojos saltones cuando le vi acercarse a la araña. «¡No lo hagas!»

La araña golpeó sus dos dedos con la velocidad del rayo y una fuerza que hizo que un agudo chasquido atravesara el oscuro bosque que nos rodeaba. En un abrir y cerrar de ojos golpeó dos veces. Un borrón rojo-marrón; horrorizado, tiré frenéticamente de la manga del señor Robert.

«Relájate», dijo, retirando su mano y mostrándome su guante intacto, «Ella no puede picar a través de estos». La araña se escabulló de los haces de luz de nuestros faros y se adentró en el bosque. El señor Robert se quitó su voluminoso segundo par de guantes y los guardó. «No se puede hacer nada delicado con unos guantes así, pero cualquier otra cosa y esos colmillos te atravesarán».

Se levantó de repente, dejándome agachado y temblando. Apretando y soltando los puños, desagradablemente consciente de lo finos que eran ahora mis guantes, me puse en pie lentamente. Mi luz se deslizó por los árboles que tenía delante, donde la corteza parecía temblar y desplazarse con el tráfico de arañas más pequeñas que subían y bajaban por los troncos. Giré la cabeza para ver hacia dónde miraba el señor Robert y mi luz cayó sobre su espalda a varios metros de distancia mientras avanzaba por el camino de la izquierda en la bifurcación.

«¡Espera!» chillé, corriendo tras él. Tropecé con las raíces de los árboles y corrí a trompicones, derrapando torpemente para esquivar a más de una tarántula gorda y torpe mientras me abría paso hasta el codo de el señor Robert. Nuestros faros se balanceaban en la oscuridad y mi mirada se dirigió hacia arriba, donde los rayos de las lámparas iluminaban vastas redes laberínticas en lo alto, donde nada en el suelo podía destruirlas. Brillando en oro blanco bajo nuestra luz, se estremecían con una brisa imperceptible.

«Esas telarañas están mucho mejor allí arriba», dije con una risita sin aliento, tratando de sacudir la ansiedad de la araña errante brasileña. «Aquí abajo no nos encontraremos con ninguna».

El señor Robert caminaba a paso ligero, sin apenas reconocerme con un gruñido. Mientras yo miraba a mi alrededor, lanzando la luz de mi linterna de un lado a otro, el señor Robert apenas movía la cabeza, concentrado firmemente en el tortuoso camino por el que nos guiaba.

De vez en cuando se detenía tan bruscamente que yo chocaba con su espalda y él miraba en las copas de los árboles, cada vez más espesas, las telas de araña que había sobre ellos, que ahora eran tan grandes y espesas que secciones masivas de hojas se habían asfixiado y muerto. Podía ver grupos de arañas que se arrastraban por todas partes, mientras que al otro lado de la telaraña se producía un movimiento más oscuro, tan espeso que no podía ver lo que era.

Mi percepción de la profundidad no funcionaba en este entorno, debido a la distancia que me separaba de las telas y a la cantidad de arañas de diferentes tamaños que podía ver. Todo parecía más grande allí arriba desde donde yo estaba.

«Telas comunales», dijo el señor Robert señalando la enorme red de seda. «La mayoría de las arañas viven solas, pero algunas son sociales. Un montón de arañas diferentes cuidando a las mismas crías, compartiendo la misma comida».

«Deben atrapar muchas presas», dije, moviendo mi linterna frontal sobre la vasta red. «Es ENORME».

«No me sorprendería que se alimentaran habitualmente de pájaros», especuló el señor Robert. «De las ardillas también, tal vez, si alguna se pasea hasta aquí».

Le miré, bañando su cara ensombrecida por el rastrojo en luz amarilla, y dije lentamente: «Es… es algo grande para una araña, ¿no?».

«Se sabe que la P. blondi de Sudamérica come pájaros», dijo el señor Robert «Es la araña más grande del mundo, al menos fuera de este bosque olvidado por Dios. Este lugar no es como el resto del mundo». Hizo una pausa, un músculo saltó en su mandíbula, y luego dijo: «Pero no hacen telas, viven en madrigueras. Así que ten cuidado».

Resistí el impulso de agarrarme a su brazo como una niña mientras pasaba mi pinza de mano por los bordes de nuestro camino. Las arañas cubrían el suelo del bosque, correteando afanosamente, pero lo que me ponía nervioso ahora eran los agujeros espaciados irregularmente a lo largo del camino y encajados entre las raíces de los árboles. El mayor de los agujeros parecía que podía tragarse mi pierna.

Seguimos caminando, sin que nos interrumpieran las telarañas en su mayor parte, pero había algunas de poca altura con las que me topaba cuando miraba hacia el bosque y el señor Robert no me decía que me agachara. A pesar de mi nerviosismo, estaba empezando a acostumbrarme a la sensación, y apenas me sacudía cuando las pegajosas y ligeras cuerdas se acercaban a mí.

Sin embargo, mi pulso seguía acelerándose cuando esto ocurría, golpeando fuertemente en mis oídos mientras me quitaba cuidadosamente las telarañas de la cara. Pero entonces el señor Robert nos llevó por una segunda bifurcación del camino; cuando distraídamente choqué con dos telarañas de sorprendente densidad seguidas, finalmente me centré en el señor Robert delante de mí para quejarme por no haberme avisado, y una maraña de seda se iluminó en mi faro a centímetros de distancia justo a tiempo para que mi cara la atravesara.

Aunque la culpa fue mía por no mirar por dónde iba, dije con tono de protesta: «Vamos, señor Lockhart, al menos avíseme», mientras arrastraba mis manos enguantadas por la cara, rastrillando la telaraña de mi piel. Robert no dijo nada. Miré hacia arriba, por encima de su hombro, delante de mí, y vi por qué. El sendero que tenía por delante estaba totalmente cubierto de telarañas, una bruma brillante como la niebla de la mañana que se extendía más allá.

Las formas se agitaban dentro de ella, a diferencia de las masas cambiantes de cientos de arañas más pequeñas en las primeras telas comunales que vimos; éstas eran pesadas y singulares, con ángulos afilados que arrancaban líneas individuales de seda. No podía entender lo que estaba viendo. Algo crujió bajo mi bota. Miré hacia el suelo gris, fibroso y frágil: había huesos viejos y frágiles de algún animal que no podía identificar.

Entre los huesos yacían los restos envejecidos y vacíos de una enorme tarántula, esqueleto y exoesqueleto unidos por la muerte. ¿Habían luchado y muerto enredadas la una con la otra? «Jesús», dije en voz alta, justo cuando Robert soltó suavemente: «Mierda». No miraba hacia abajo; miraba directamente hacia arriba. Yo también miré hacia arriba y me quedé helado.

Nuestras lamparas se unieron e iluminaron las telas de araña que engullían el sotobosque, bañando las enormes arañas que se movían en ellas. Cosas del tamaño de una pecera, con abdómenes gordos y redondos y patas gruesas como tacos de billar. Grupos de ojos reflejaban la luz hacia nosotros y el movimiento de sus pesados cuerpos producían chasquidos carnosos y orgánicos.

Estas cosas no eran lo que Robert había comentado: la criatura que descendía lentamente de la telaraña por un hilo sí lo era. Al principio pensé que era una araña con una ardilla o una rata o algo así en sus mandíbulas, pero un pequeño rincón lógico de mi mente me recordó que no es así como comen las arañas, ni siquiera las tarántulas que no envuelven sus presas en seda.

El roedor parecía bisecado, ya que no podía ver sus patas traseras, con una fea piel gris visible alrededor de su sección media como si tuviera sarna. Su mitad trasera era, imposiblemente, el bulbo hinchado de una araña. Parecía una burla espantosa de un centauro, el torso flácido de un roedor parásito que se desprende de un huésped involuntario. Era imposible que esa cosa fuera real, o si lo era, no podía estar VIVA.

Pero las hileras de la cosa seguían bombeando una línea de seda resistente, dos patas traseras enjutas que se tocaban en las delicadas puntas mientras bajaba, y la cabeza del roedor se movía, sus patas delanteras peludas se extendían, las patas se agarraban. Vi su cara: una ardilla con demasiados ojos negros y brillantes que se extendían por la parte delantera de la cabeza y parpadeaban hacia nosotros. Pude ver sus largos dientes amarillos con la boca abierta.

Fui consciente de que mi cuerpo se movía, agarrando débilmente la manga de la chaqueta de Robert y tirando de ella. Su voz sonaba muy lejana mientras murmuraba: «Qué coño».

Un movimiento en el rabillo del ojo consiguió desviar mi atención de la abominación que teníamos encima. Mis ojos se dirigieron hacia el borde del sendero en el que nos encontrábamos, y por un momento pensé que el suelo se había hundido en un terraplén y que simplemente estábamos elevados en el camino. Pero pronto vi que se trataba de un enorme agujero en el suelo: una madriguera. Seguí tirando mecánicamente del brazo del señor Robert.

«Qué coño».

Un rostro se asomó a la madriguera, fantasmagóricamente pálido contra la oscuridad del interior, y pareció acercarse a nosotros. Era un rostro humano con demasiados ojos agrupados en el puente de la nariz, que brillaban en negro y parpadeaban lentamente; agachó la cabeza, con el pelo largo y oscuro colgando en lentas marañas, mientras el torso desnudo y blanco como la luna de una mujer emergía lentamente del agujero en el suelo.

Le seguía una masa enorme y peluda del abdomen de una araña del tamaño de un Volkswagen Escarabajo, conectada a su cintura. Sus ocho patas gruesas como ramas crujieron en la hojarasca, golpeando audiblemente con el peso.

Robert y yo nos tambaleamos hacia atrás, desordenando más telas de araña en la maleza. Las patas de la criatura tenían rayas blancas en las articulaciones, y pensé en la señorita piernas de la casa de Robert y en lo que dijo sobre el tamaño de su especie en la naturaleza: «Jodidamente grande».

Los pensamientos de Robert también estaban de vuelta en la habitación de su hija, porque mientras su mano agarraba mi brazo como respuesta, le oí decir: «Lucy».

Mis ojos volvieron a la cara de la criatura, su antinatural adición de ojos que rodeaban a los originales, y cuando inclinó la cabeza, también la reconocí. Su boca se abrió, con el labio inferior goteando algo demasiado viscoso para ser saliva, y sus brazos delgados como un rayo dieron un espasmo antes de levantarse, enviando una dolorosa sacudida de miedo eléctrico por mi columna vertebral. Sus manos blancas de dedos largos agarraron la araña ardilla que colgaba entre nosotros y ella; la cosa chirrió y se convulsionó, sus patas se agitaron horriblemente, y Lucy se la llevó a la boca.

Yo corrí.

Me abrí paso a ciegas a través de una telaraña tras otra, volviendo por donde habíamos venido. Oí que Robert me llamaba, inesperadamente cerca de mí, y de repente sentí que se estrellaba contra mi espalda. Apenas tuve tiempo de notar el dolor de la nariz que se rompió y empezó a sangrar, o la dispersión de las arañas a milímetros de mis ojos, antes de que Robert me agarrara del cinturón y de un tirón y me hiciera girar. Creí que me estaba abofeteando, pero me di cuenta de que me estaba quitando las arañas que había recogido como pasajeros del suelo.

«¡No salgas corriendo aquí, chico!» Robert me gritó en la cara, sacudiéndome con fuerza. «Algo más te matará antes de…»

La enorme criatura se asomó detrás de él, arrastrándose por el sendero tras nosotros. Empecé a gritar, pero Robert me tapó la boca con la mano, girando para encararla. Nos obligó a ponernos en una especie de media cuclillas, su cuerpo me pesaba para evitar que volviera a correr, y yo miraba con ojos saltones, luchando por respirar por la nariz sangrante, mientras Lucy se abalanzaba sobre nosotros.

«Está bien», dijo Robert, pero no me hablaba a mí. Podía sentirlo temblando contra mi espalda. «Está bien, Lucy, estás bien».

Se acercó, los movimientos precisos de su enorme cuerpo de araña contrastaban con los movimientos flácidos y débiles de su torso humano. Su rostro parecía alerta, incluso con los 6 ojos apagados que parecían infectados en su antinaturalidad, pero sus brazos colgaban desganados a los lados, su postura encorvada. El veneno, la sangre y la saliva fluían lentamente por su barbilla, todo lo que quedaba de la araña-ardilla. Podía oír su respiración, ver cómo palpitaba su pálida garganta al tragar.

«Qué buena chica, nena», dijo Robert, su voz baja y tranquilizadora a pesar de su violento temblor. «Papá no sabía que vivías aquí, Lucy, no sabíamos que te veríamos aquí. Has hecho un buen trabajo aquí tú sola, ¿verdad, cariño? Papá está orgulloso de ti». Nos hizo retroceder lentamente mientras hablaba sin sentido a la cosa que teníamos delante.

La araña se movió minuciosamente, casi moviéndose tras nosotros pero no del todo. La oscura y húmeda boca de Lucy se abrió. Con una voz que sonaba como el viento en las hojas muertas, siseó: «Papá».

Robert se rió, histérico y aterrorizado en mi oído, tirando de mí otro paso hacia atrás, la palma de su mano todavía aplastando mis labios contra mis dientes castañeantes. «Así es, cariño, papá está aquí. Papá no pensó que te vería tan crecida en este bosque, ¿eh, nena? Buena chica, Lucy».

No se movió tras nosotros mientras nos alejábamos, aunque sus ojos nos siguieron con la mirada. De nuevo, su voz ronca y vacía: «Lucy».

«Así es, cariño. Papá va a llevar a tu amigo a casa, ¿vale? ¿Te acuerdas de Aaron?»

Gemí detrás de su mano, enfermo de miedo, mientras los ocho ojos de Lucy se desplazaban hacia mí. No dijo mi nombre. Salvajemente en el fondo de mi cabeza me pregunté si ella reconocía alguna de las cosas que Robert le estaba diciendo, con la certeza de que ella era toda una araña, que las dos palabras que había dicho eran repeticiones vacías que precedían a su ataque final. Pero seguía inmóvil, observando nuestra retirada.

«Papá va a llevar a Aaron a casa, ¿está bien, cariño?» dijo Robert «¿Me dejarás hacerlo, Lucy?»

Ella guardó silencio durante un largo momento. Luego: «Está bien».

«Buena chica, Lucy. Nos vamos. Buena chica».

Otro largo tramo de silencio mientras nos alejábamos constantemente de ella. Ella seguía sin seguirnos, limitándose a observarnos. Su voz, que esta vez no había sido provocada, me estremeció cuando volvió a crujir en la noche: «Ven… a verme».

El ruido que hizo Robert fue algo así como un sollozo estrangulado y una carcajada. «Sí, cariño, iré a verte. Iré a verte otra vez. Sólo déjame llevar a Aaron a casa y papá vendrá a verte de nuevo, nena».

«De acuerdo».

Ya estábamos a varios metros de ella. Estaba seguro de que nos acercábamos a la curva y a la bifurcación del camino que habíamos tomado. Lentamente, Robert bajó su mano de mi boca, y yo tragué un profundo y tembloroso aliento.

«No puedo sacarnos de aquí hacia atrás», dijo, «pero necesito que vigiles detrás de nosotros. Agárrate a mí y te acompañaré fuera. Me dices si te sigue. ¿Puedes hacerlo, hijo?»

Con los ojos muy abiertos y sin poder apartar la mirada de la figura de Lucy por el sendero, asentí. «S-sí, señor».

«De acuerdo. Con cuidado». Su mano rodeó mi muñeca con fuerza y, con un firme tirón, nos llevó a la curva. Me esforcé por caminar en reversa, con las piernas como de goma y el pulso rugiendo en mis oídos. Lucy no nos siguió una vez que la perdí de vista.

Robert nos condujo de vuelta por el bosque, evitando esta vez todas las telarañas. No sé cuánto tiempo tardamos en salir del bosque; por lo que sé, tardamos días. Pero finalmente atravesamos la línea de árboles, y la luz de la luna sin obstáculos era cegadora.

Me sentí separado de mi propio cuerpo mientras me quitaba del sombrero y la chaqueta las inofensivas arañas saltarinas y las tejedoras. A lo lejos oí a Robert riéndose débilmente. Me di la vuelta para mirar el bosque de Lockhart; casi casualmente, me incliné y vomité sobre la hierba. A unos metros Robert hizo lo mismo, tosiendo y riendo más fuerte cuando terminó.

«Joder», jadeó, con las manos en la cara. Lo vi tambalearse y caer pesadamente sobre su trasero, riéndose maniáticamente.

Aturdido, me acerqué a él y me senté a su lado en la hierba, mirando el bosque. Escupí restos de bilis en el suelo, entre las rodillas. Tanteé la linterna, la apagué y tiré el sombrero a un lado. Miré el rostro risueño de Robert con lágrimas en los ojos, vagamente preocupado.

«No puedo decir si eso es una risa buena o una risa mala».

«Cristo», jadeó, posiblemente hiperventilando, «tú y yo. Los dos. Joder». Se llevó dos dedos al cuello, comprobando su propio pulso.

«¿Qué vas a hacer ahora?» Pregunté débilmente.

«Mierda, hijo, no lo sé. Probablemente visitar a mi hija de vez en cuando, maldita sea». Se pasó las manos por la cara, gimiendo profundamente.

La cabeza me daba vueltas. Me eché hacia atrás, mirando el cielo nocturno. Las estrellas parecían pequeñas arañas blancas. De repente pensé en mi madre, en la casa y, por alguna razón, lo único que se me ocurrió decir fue: «Oye, estaba pensando. Deberías llamar a mi madre alguna vez. Ella no sale con nadie».

No recuerdo haber llegado a casa esa noche. No recuerdo haberme instalado en el campus al día siguiente. Pero creo que voy a cambiar mi carrera a biología. Me gustaría volver a ver a Lucy, y creo que un estudio en aracnología podría ser un buen lugar para empezar.

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