Los inquilinos anteriores de mi departamento dejaron un manual de supervivencia. No quiero seguir viviendo aquí – Parte 3

Los inquilinos anteriores dejaron un manua de supervivencia ya no quiero vivir aquí parte 3

Esta es una traducción original de la historia de terror «The previous tenant of my new flat left a survival guide. I’m not sure I want to live here anymore.» publicada en el subforo de Reddit r/nosleep por el usuario llamado «newtotownJAM».

Anoche tampoco dormí mucho. La falta de sueño está haciendo que me pregunte si todas estas cosas que están pasando están en mi mente o no. Pero, cada vez que veo la puta carta, esta me hace volver a la realidad.

Anoche me pasé horas buscando todo lo que pude sobre Prudence Hemmings. Si hubiera vivido en una gran mansión espeluznante, imagino que habría sido fácil encontrarla. Pero la gente que vive en edificios no está tan bien documentada. Nadie se preocupa por nuestras vidas, por muy extraordinarias que sean.

Encontré un artículo por Internet sobre la desaparición de Lila Hemmings. Sugería que desapareció bajo el cuidado de su abuela mientras jugaba en el parque frente a los edificios durante la primera hora de la mañana. En las entrevistas con sus padres se dijo que ambos habían repudiado a Prudence.

A pesar de todos los años que habían pasado desde la muerte/desaparición de Lila, sus padres parecían no perdonar a Prue. No había ninguna mención de ella en ninguna de sus cuentas de redes sociales y no parecía tener ninguna relación con los hijos que habían tenido desde entonces.

Las búsquedas por Internet de la familia Hemmings llegaban a callejones sin salida. Miré un enlace tras otro, desesperada por encontrar algo, pero todos empezaron a confundirme. Hasta que finalmente vi algo.

Una esquela de Bernard ‘Bernie’ Hemmings, que se había caído del edificio en circunstancias inexplicables después de que se le diagnosticara demencia meses antes de su muerte.

Me sorprendió que no hubiera sido una noticia más importante. Solo había pasado un año. No había detalles de dónde encontrarlos, pero su esposa Prudence y su hermana Bridget figuraban como contactos para averiguar los detalles del funeral.

Da miedo lo que puedes hacer con Internet actualmente, pero solo con esos números de teléfono pude meterlos en un directorio inverso y encontrar una dirección de Bridget y Tony Bishop. La hermana y el cuñado con los que supuestamente vivía Prudence.

A las 4 de la mañana pude tener algo de sueño, sin embargo, no mucho. Estaba despierta y ‘radiante” a las 7 de la mañana, planeando mi día y mi plan de trabajo. Vi un post en las redes sociales donde habían identificado a Georgia y ella se encontraba estable en el hospital.

Esta noticia deshizo el nudo que tenía en mi estómago, luego de haberla abandonado en el parque esperando que la encontraran.

A las 8:50AM, abrí la puerta principal de mi departamento, esperando al cartero Ian. Ya habían pasado 4 minutos y el cartero no aparecía. En vez de eso un señor muy viejo subió las escaleras y caminó por el pasillo.

Él tenía una mirada tierna y gentil. En su brazo cargaba una pequeña bolsa de plástico que contenía una jarra del eche y un periódico. Él me sonrió cuando pasó delante de mí y me dijo; “Buenos días.”

Le devolví la sonrisa. Ese viejito me recordaba a mi abuelo. Me lo imaginaba sacando caramelos de sus bolsillos para sus nietos y haciéndoles callar cuando sus padres no miraban. Un poco más adelante en el pasillo, el anciano se detuvo y se giró. Me miró a los ojos con una expresión de simpatía y habló.

“No hay correo los sábados, si es eso a lo que esperas.”

Él sonrió a conciencia y se volteó para abrir una puerta cuyo número delantero no pude ver hasta que la cerró.

Cuando vi que la puerta se cerraba y que el número 48 aparecía audazmente sobre la mirilla, comprendí lo que Prudence había querido decir. El señor Prentice parecía un tipo encantador.

Cerré la puerta y me senté en el sofá mientras suspiraba. Estaba viendo todas las ventanas que tenía abiertas en mi laptop. Cerca de las 9:15AM empezaron a tocarme en el balcón.

El encargado de limpiar las ventanas estaba de vuelta.

No sentí ni la mitad del miedo que sentía la primera vez. Aunque sí sentí algo… Rabia. Me tocó controlar cada fibra de mi cuerpo para no abrirle la puerta y abalanzarme sobre él para golpearlo, solamente quería joderlo muy duro. Su cara genuinamente amable me molestaba, y me provocaba patearle el culo. Después de 20 minutos seguidos, en los cuales él no se cansó de tocar y pedirme que le abriera fue cuando comenzó a dolerme la cabeza.

No aguanté más, tomé mi cartera y me fui de ahí.

Decidí que, si tenía que hacer algo, tenía que hacerlo ahora. Si iba a aparecer en la puerta del señor Bishop buscando a su hermana por el departamento raro que había alquilado, tenía que hacerlo ahora. Si la dirección era muy antigua, o las personas no eran las que buscaba, entonces iba a parecer una estúpida a cualquier hora del día que fuera.

No podía soportar la mirada del limpiador de ventanas. Había algo en ellos… Algo que te hipnotizaban, y te obligaban a abrirle la puerta.

Las escaleras estaban tan sucias como el elevador. Las habíamos tomado varias veces el día de la mudanza, pero no lo había hecho de la misma manera que ahora.

Pensé en las normas y en todas las cosas extrañas que ocurrían en este edificio. Miré los números mal pintados en las paredes al llegar a cada piso.

Nada en este edificio es sencillo.

Miraba a los números. 7,6,5…5,4,3,4,2, PB. Quizá era la falta de sueño, pero mis piernas estaban de acuerdo con mi mente, con el hecho de que había bajado más de 6 pisos de escaleras. Algo estaba pasando.

Miré la escalera polvorienta y mal iluminada desde el fondo. Parecía oscuro a pesar del sol que entraba por el cristal de las puertas del edificio principal. La carta nunca mencionó nada de las escaleras, tal vez realmente me estaba volviendo loca.

Cuando me giré para salir del edificio, entró una mujer. Tenía entre 30 y 40 años y llevaba dos niños pequeños. Un niño y una niña. Adiviné que eran gemelos, ambos eran increíblemente rubios, con ojos marrones de cachorro y no podían tener más de 6-7 años.

Eran lo más parecido a lo idéntico que puede haber en gemelos de distinto sexo. No soy una fanática de los niños, pero ellos eran súper lindos.

La señora tenía un corte de pelo corto que se alargaba en la parte delantera, era uniforme y estaba teñido de un color castaño perfecto.

Sabía que estaba teñido porque sus raíces eran rubias como las de sus hijos.

Parecía tan cansada como yo, pero se recompuso al verme, pasándose los dedos por una parte del pelo que seguramente se le había pasado por alto por lo temprano que había salido esta mañana.

“Hola ¿Estás de visita por aquí?” Dijo ella abriendo la conversación.

“No. Me acabo de mudar al 42 del piso 7. De hecho, iba de salida. ¿Y tú dónde vives?” Estaba desesperada por irme, tenía muchas ganas de hablar con la señora Prue, pero no quería parecer grosera.

«Soy del piso 26, mi nombre es Terri. Estos son Eddie y Ellie». Señaló a los dos niños pequeños que se escondían tímidamente detrás de su falda. «Bienvenida al edificio. Si alguna vez necesitas algo no dudes en avisarme.”

«Me llamo Katie, pero la gente también me llama Kat. Eres muy amable, gracias. Yo …. Hey, ¿hay algo malo con las escaleras?».Me detuve antes de entrar en detalles.

«No pasa nada, sólo que a veces se saltan». Contestó encogiéndose de hombros.

«Bueno, me encantaría parar y charlar, pero en realidad tengo que irme. Fue un placer conocerte Terri». Intenté averiguar qué pasaba con los niños mientras daba un paso adelante para marcharme, todavía desconcertada por las escaleras.

«Por cierto, tenemos un comité de residentes, deberías venir a una de nuestras reuniones, son todos los martes en pisos alternos. Este martes es en casa de Molly Jefferson, en el departamento 31, ven. Nos encantaría que vinieras». Sugirió Terri, haciéndome un gesto para que me fuera.

Salí por las puertas después de mi encuentro con Terri sintiéndome mal. Cada minuto en este lugar hacía que la nota fuera más real. Cada palabra saltaba de la página a mi vida. Hacía más probable que Jaime se hubiera ido de verdad.

Tomé el autobús desde una parada no muy lejos del edificio. Me pareció que tardaba una eternidad en llegar a la pequeña zona suburbana que buscaba. A cinco minutos a pie de la parada en la que me bajé, me encontré con un pequeño y pintoresco bungalow que pertenecía a Bridget y Tony Bishop.

Llamé a la puerta. La señora que me abrió se tambaleaba, probablemente tendría unos 70 años, con el pelo blanco y recogido en un moño, con dos mechones colgando que suavizaban su cara arrugada. Llevaba un vestido de color rosa polvoriento que le colgaba justo por debajo de las rodillas y olía a humo de cigarrillo rancio.

«¿Puedo ayudarle?». Preguntó sin rodeos.

«Me llamo Kat. Estoy buscando a Prudence Hemmings». Respondí, tartamudeando ligeramente.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

«¿Por qué?». Preguntó, extrañada.

«¿Está ella aquí? Es privado».

La señora me hizo pasar a la casa y me sentó en un sofá, en pocos minutos había una taza de té frente a mí. No me dijo nada durante un rato, sólo nos miramos. Luego, finalmente, rompió el silencio.

«Me preguntaba si intentarías encontrarme. Me llevó mucho tiempo decidir si dejar esa nota o no, pero decidí que te merecías una ventaja. Es más de lo que yo tuve cuando me mud.”

La mujer era Prudence, no era nada de lo que había imaginado. Parecía dura y endurecida y hablaba con un tono sobre todo contundente.

«Terri me llamó no hace mucho. Me dijo que había conocido a la nueva inquilina. Dijo que parecías conmocionada y que mi nota tal vez no fuera suficiente. Le dije que no podía caber todo allí. Y que las escaleras no parecían demasiado importantes. El comité quería organizar una reunión contigo el día de tu mudanza, pero les dije que eso era una intromisión. De todos modos, todo lo del comité siempre me pareció un poco excesivo.” Habló con ligereza, como si no fuera nada.

«Puede que haya sido intrusivo, pero necesitábamos un aviso, ¡Pasamos una noche en el lugar antes de encontrar tu nota! Mi novio ya se había ido a trabajar a las 3:15 y había cogido el ascensor…. Que no conocía.” Me quebré al contarle lo que había pasado. Se le cayó la cara de vergüenza. Y también mi esperanza en Jaime.

«Lo siento mucho… Realmente no sé qué decir. Pensé que mi carta te llegaría a tiempo.” Murmuró, con la cara en el suelo, negándose a mirarme mientras las lágrimas corrían por mi cara.

«Se ha ido, ¿verdad? No quería aceptarlo, pero hablé con el cartero y tu cara dice todo lo que necesito saber. El cartero dijo que podría haber una forma de recuperarlo.” Le grité, devastada y enfadada.

«Se ha ido. No puedes tenerlo de vuelta. Lo que Ian se refiere no es lo que tú crees. Hay una forma de recuperar a la gente del ascensor. Pero no como ellos mismos. Créeme, lo aprendí de la manera más difícil. Una vez que están de vuelta no puedes revertirlo. Siento lo de tu hombre. Pero se ha ido para siempre. No indagues en el otro camino, irse para siempre es más afortunado que esa alternativa». Ella seguía sin levantar la vista del suelo.

«¿Qué quieres decir…?»

«No quiero hablar de ello. Dije en la nota que hay cosas de las que prefiero no hablar y necesito que lo respetes o no te diré nada en absoluto. Ahora sigue adelante y pregunta lo que tengas que preguntar». Prudence me cortó, decidí no insistir en el tema y pasé a otras cosas que necesitaba saber.

«¿Qué pasa con los hijos de Terri? Parecen dulces y normales».

«Esas pequeñas criaturas demoníacas son cualquier cosa menos normales». Respondió, haciendo una pequeña mueca al pensar en ellos.

 «Cuando llegó el momento de parir, Terri nunca llegó a un hospital. Fueron los primeros niños que nacieron dentro del edificio y con todo lo que pasa es como si se les hubiera pegado algo. Son niños normales durante el día, pero nunca duermen, nunca. La pobre Terri no ha tenido un día de descanso desde que nacieron. También les encanta robar pájaros y ratas con los que encuentran a los gatos jugando y los atormentan. Realmente molestan a los gatos».

Cuando terminó de hablar, un pequeño gato sin pelo salió de detrás de un sillón al otro lado de la habitación, maullando suavemente. Rozó con la cabeza las piernas expuestas de Prue, dejando marcas de quemaduras donde las tocaba. Ella no reaccionó, se agachó y le acarició la parte superior de la cabeza, sonriendo mientras ronroneaba.

«¿Y esos?” Pregunté, con los ojos clavados en sus piernas ahora muy quemadas.

Se rió, sacó una caja y encendió un cigarrillo, depositando la capa superior de ceniza en un pequeño plato de plata que tenía delante. Me ofreció uno y lo cogí con gusto.

«Siempre han sido mis buenos amigos. No podía salir del edificio sin llevarme una parte de mi hogar. Este pequeño es Damon. Ha visto algunas cosas». Se deshizo en elogios, sin apartar los ojos del gato.

«¿Pero de dónde han salido, por qué están por todas partes?» Pregunté, observando con incredulidad cómo se le pasaban las quemaduras. Parecía imposible, pero me miré los brazos donde había recogido al gato la noche anterior y no había ninguna evidencia de que hubiera ocurrido. Ni siquiera parecían quemadas por el sol.

«Nadie lo sabe realmente. Empezaron a aparecer después del incendio, unos años después de que me mudara. Se rumoreaba que eran las mascotas de los residentes que se quemaron, y que por eso no tenían pelo. Pero no creo que eso sea cierto».

La interrumpí.

«Anoche conocí a una de esas vecinas. Dijo que se llamaba Natalia. Casi mata a mi mejor amiga. Está loca si cree que su nota fue suficiente advertencia». Le dije subiendo un poco el tono.

«Mira, chica. Si hubiera hecho una canción y un baile sobre la advertencia, entonces me habrías creído loca y habrías desafiado las reglas. Ya estarías muerta. Agradece que tuvieras algo. Yo no lo tuve. Tuve que aprender todo. Tu generación está muy mimada». Me dijo con un gesto de frustración. Estaba enfadada, pero probablemente tenía razón.

Una señora mayor diciéndome que criaturas como ratas matarían a mi novio en un ascensor probablemente habría conseguido algunas risas de mí hace unos días. Me quedé callada y esperé a que se calmara, después de un rato suspiró y empezó de nuevo.

«Creo que los gatos son los vecinos que se quemaron. Nunca han querido hacer daño y sisean y huyen de los impostores que rondan el edificio. Además, es imposible que hubiera tantos gatos viviendo en un piso.

Los impostores ni siquiera coinciden con los residentes que murieron en el incendio, ninguno se parece ni dice tener el mismo nombre que los muertos. Sólo dicen vivir en sus pisos. Ya conocí a Natalia, le dejó una mala cicatriz en la pierna a Bernie por un incidente que tuvimos, una chica desagradable.

Antes del incendio había una cámara de seguridad y se grabó a unas 15 personas entrando en los pisos y subiendo a esa planta una media hora antes de que empezara el fuego. Fue la única prueba encontrada. La TV no era muy buena en los ochenta, así que nunca se les identificó. Y las llamas derritieron las cámaras correspondientes, así que nunca se supo nada.

Creo que las personas que entraron esa noche son las que piden azúcar. No sé más que eso, pero si los evitas como he dicho no necesitas saber más. Ellos odian a los gatos. Espero que tu amiga sobreviva, pero he visto lo que esa gente puede hacer, así que tal vez estaba mejor muerta». Prue siguió acariciando a Damon. Vi cómo la piel de sus dedos se derretía y se retorcía al entrar en contacto con él.

«¿Qué le pasó a tu marido?»

Hice la pregunta tan rápido que no tuve tiempo de considerar que era un tema del que ella había dicho explícitamente que no quería hablar en la nota. Pero tenía que saberlo.

Ella frunció el ceño. «Dije que no quería hablar de eso». Siseó.

«Acabo de perder al amor de mi vida. Necesito algunas respuestas». Le supliqué.

«Lo que le pasó a Bernie no te ayudará. Sé que pensarías que cualquier muerte en ese edificio se debe a las rarezas, pero esto no fue así. Al menos en su mayor parte.

No olvides que habíamos vivido allí durante 35 años, Bernie conocía las reglas, sabíamos cómo cuidarnos y tener una vida feliz allí. Era nuestro hogar».

«No dudo que lo sea señora, lo siento» intervine.

«Bernie tenía demencia. Comenzó unos 6 meses antes de morir y se deterioró muy rápidamente. Hacia el final comenzó a deambular, los médicos dijeron que era común, pero en nuestra posición era increíblemente peligroso. Más veces de las que puedo contar le aparté del ascensor justo a tiempo.

Además de deambular, se olvidaba de las reglas. Dejó entrar a ese horrible limpiador de ventanas 3 veces, gracias a Dios por el gran tubo de metal que guardé junto a la puerta del balcón, lo ahuyenté de buena gana. No es que nada le impida volver. Estoy segura de que ya se conocen.

Después de todas las situaciones peligrosas en las que estuvo Bernie, al final cometió el más pequeño y fatal de los errores.

Dejó un plato de comida para Damon a las 10 de la mañana. Salí de compras con Terri y algunas de las chicas del comité y cuando volví me encontré con una de esas horribles criaturas…»

Prudence empezó a llorar. Le puse la mano en el hombro en un intento de consolarla, al fin y al cabo, sabía de verdad cómo se sentía.

«Se lo estaba comiendo». Olfateó y se estabilizó para continuar, moviendo mi mano. «Ahuyenté a la criatura con el mismo tubo de metal que tenía para el limpiacristales y empujé a Bernie por el balcón. Era pesado, pero no quería que nadie supiera lo que realmente lo había matado. Sus dientes…» se estremeció «…Hacían un ruido tan horrible. Me recordaba a…»

«Lila». Terminé su frase. No era mi intención. Estaba tan metida en su historia que no pude evitarlo.

«Deduzco que hablaste con Ian entonces». Dijo, sonando resignada. «Nunca quise hacer daño a esa niña. La quería tanto». Las lágrimas rodaron por sus arrugadas mejillas. Damon, que ahora estaba sentado junto a ella en el sofá, se acercó como para abrazarla.

«¿Nunca has sentido curiosidad por recuperarla?» Pregunté, volviendo a pensar en los métodos insinuados tanto por Prue como por el cartero. «Echo mucho de menos a Jaime. Haría cualquier cosa por recuperarlo».

Su cara se llenó de una mirada de horror y vergüenza. «Por supuesto que sí». Respondió, «y es exactamente por lo que te digo que no lo hagas».

Pero no podía dejarlo pasar.

«Seguramente cualquier cosa debe ser mejor que irse para siempre». Insistí. Ojalá no lo hubiera hecho.

Prudence, frustrada, se levantó y me hizo un gesto para que la siguiera, me condujo al exterior, al jardín trasero del bungalow. En la parte trasera había un gran cobertizo, del tipo que la gente utiliza como cueva de hombre o casa de verano. Era bonito, el sol brillaba iluminando las pocas telarañas de los rincones y haciéndolas centellear.

La Sra. Hemmings tuvo cuidado de mirar en los dos jardines vecinos para asegurarse de que no había nadie antes de abrir la puerta del cobertizo. Entramos y lo primero que percibí fue el olor, era pútrido, como a carne podrida. Miré al suelo y me tapé la nariz con las manos, y lo que vi fue un charco de sangre.

Seguí la sangre con la mirada mientras Prudence nos encerraba en el cobertizo. Entonces, después de pasar por los huesos de los animales, por fin la vi.

Justo como el cartero Ian había descrito.

Una de las criaturas me estaba observando, desde una jaula metálica para perros de alta resistencia en la esquina del cobertizo. Parecía reforzada, pero aun así el metal tenía marcas de mordiscos. Sus mandíbulas tenían que ser fuertes para causar eso.

Eso no me sorprendió al mirarlo, su nariz de roedor y sus ojos brillantes, pero de alguna manera humanos, no eran nada comparados con las dos filas muy visibles de dientes afilados que se alineaban en cada encía. A pesar de su pequeña estatura, era aterrador.

Prudence abrió un cajón de un armario polvoriento al otro lado de la habitación y sacó una lata de comida para perros, vertió el contenido en el cuenco y lo pasó por la trampilla de alimentación.

La jaula tenía un dispositivo de seguridad por el que el animal no podía acceder a la comida hasta que se cerrara la trampilla desde el exterior. Me sentí agradecida por ello.

Prue se volvió hacia mí y habló. Se pasó uno de los dos mechones de pelo que enmarcaban su cara por detrás de la oreja. Señalando a la horrible criatura, dijo;

«Kat, me gustaría presentarte a mi nieta, Lila».

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